Y de repente un día, todo se vuelve fácil

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El otro día, una madre en el parque me dijo que sentía admiración por las madres de familia numerosa: “Os veo siempre tan resueltas con tres o cuatro hijos, que me siento una inútil agobiándome con uno solo”. No es la primera vez que alguien me hace esta reflexión y lo cierto es que la entiendo perfectamente porque yo pensaba exactamente lo mismo hace algunos años.

Sin embargo, la experiencia y los hijos me han hecho darme cuenta de una premisa que me repito como un mantra cuando las cosas se tuercen: “Deja fluir. Todo pasa y todo llega”.

Cuando te conviertes en madre por primera vez, cuesta un tiempo volver a recuperar tu espacio y tus ratos de ocio. La vida te cambia, tus prioridades se modifican y todo se convierte en un mundo. Te enfrentas a un sinfín de primeras veces con tu hijo que te restarán tiempo y energía para abordar otros aspectos cotidianos y, seguramente, durante los primeros meses de tu bebé (o incluso años) te cueste separar la faceta de madre de la de la mujer que eras antes.

Con el segundo hijo, sin embargo, todo fluye de manera más natural. La experiencia es un grado y, como regla general, solemos organizarnos mejor y relativizar más las cosas. Obviamente todo dependerá de cada niño en particular y de cada familia en general, pero al menos desde mi experiencia la “normalidad” volvió mucho antes a mi vida tras el nacimiento de mi segunda hija que tras nacer mi Mayor.

Pero cuando pasamos de dos a tres hijos la experiencia deja de ser una aliada a la hora de afrontar el día a día y la complejidad logística puede hacer que el caos inicial dure algo más de tiempo.

Siempre hablo desde mi perspectiva, pero he de reconocer que mi primer año como mamá de tres hijos no ha tenido ni punto de comparación con mi primer año de bimaternidad. Ha sido un año intenso y cansado, en donde he sentido que el tiempo se me ha escapado entre los dedos a una velocidad vertiginosa. Dos bebés con 18 meses de diferencia, una nueva lactancia materna a demanda y un niño mayor en una etapa madurativa con necesidades e inquietudes diferentes a las conocidas hasta entonces, han dejado poco tiempo para mí, para mi ocio o mi relax.

Pero pasado este primer año de agotamiento físico y mental, siento que hemos entrado en una dinámica muy distinta, más fluida y mucho más sencilla de llevar.

Mi Pulguita, a sus tres años, es una niña completamente autosuficiente y madura, a la que le encanta jugar con su hermano menor. Ambos se entretienen mucho juntos por lo que me regalan preciados ratitos que aprovecho a las mil maravillas. Mi Pequeño, por su parte, ya domina perfectamente el arte de caminar y esa independencia de movimiento es sin lugar a dudas una gran ventaja para mí. Además, es un bebé muy dormilón, que duerme dos o tres siestas a lo largo del día más 12 horas ininterrumpidas por la noche, que come sin ningún tipo ayuda y que, por el momento, vislumbra el mismo carácter independiente de sus hermanos.  ¿Y qué decir de mi Mayor? Merece un post aparte el cambio tan notorio que ha experimentado desde que comenzara el ciclo de Primaria, pero a grandes rasgos diré que a pesar de que no pierdo la perspectiva de sus escasos siete años, a veces tengo la sensación de estar tratando con un adulto en casi cualquier aspecto.

Así pues, llegó un día en que simplemente me di cuenta de que todo había cambiado. Un día en que logísticamente no me resultaba tan complejo salir a la calle u organizarme para hacer cualquier actividad con mis hijos. Un día en que observé que eran muchos los ratitos libres de los que podía disponer diariamente. Y un día en el que el cansancio se disipó para dar paso a ratos de lectura, deporte, cine y ocio.

Una vez más, la maternidad –sea única, doble, triple…- me ha enseñado la importancia de VIVIRLA, de relativizar y dejar fluir. Todo pasa, por muy caóticas y “agobiantes” que puedan parecernos determinadas etapas. ¡Disfrutémosla y atesoremos todos los momentos y vivencias que nos regalen nuestros hijos!

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4 respuestas en Y de repente un día, todo se vuelve fácil

  1. Mamen 14/02/2017 at 23:13 #

    Hola, tienes toda la razón, yo también tengo 3 hijos y con el primero me costó mucho más organizarme que ahora con tres.

  2. Planeando ser padres 15/02/2017 at 10:57 #

    ¡Ay! Tu post anima mucho. A nosotros nos costó casi 3 años ver una cierta normalidad con mi bichilla y tomárnoslo todo con más calma. Y ahora que ha nacido el segundo, es cierto que todo fluye de una forma más natural, con menos dramas y que la organización no se ha complicado durante estas primeras semanas ¡al menos de momento! Al tercero no sé si llegaremos, pero en este tiempo como bimadre me está dando la sensación de que realmente tener 2 hijos no supone el doble de trabajo (a ver si no tengo que volver en unos meses para asegurar lo contrario).

    • Madreaventura 15/02/2017 at 12:08 #

      Jajajaja! Ya verás como no! Cuando las cosas marchan bien (es decir, en el día a día) yo tampoco sentía que el trabajo se multiplicara. En cambio, sí notaba más trabajo cuando alguno se pone malito o cuando ambos están en plan demandante: ahí sí toca dividirse y esforzarse mucho por llegar a todo. Recuerdo el primer virus de mi hija y la odisea para atenderla continuamente sin sentir que “desatenía” al mayor. Pero es práctica, nada más. Enseguida te haces a ello 😉

      Lo mejor (siempre hablo desde mi experiencia ;-)) es cuando el peque comienza a interactuar: se sienta sin ayuda, sonríe, sigue con la mirada al hermano mayor e intenta jugar con él. El tiempo ahí se para y todo, absolutamente todo, merece la pena.

      Te sigo de cerca en Redes y en el blog y me encanta veros tan bien! Tu bichilla va a ser una gran hermana mayor!

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