Los “terribles” cuatro años y la adolescencia adelantada

cuatro años

Imagen personal

El verano que mi hijo cumplió los tres años noté un gran cambio en su forma de ser y en el manejo de las situaciones. Quedé realmente fascinada con aquella etapa, con sus ingeniosos porqués, con los diálogos lógicos en busca de explicaciones a todo, con su racionalidad, autonomía y madurez, con la práctica ausencia de llantos (porque todo se solucionaba dialogando), con la flexibilidad de sus horarios y rutinas… Atrás quedaron los terribles dos años que, a pesar de haber  dicho alguna vez que en mi hijo no causaron grandes estragos, sí que nos complicaron un poquito determinados momentos.

Con la entrada de los tres años comencé a respirar y a disfrutar a tope de mi hijo pensando que todas las fases que nos quedaban por vivir hasta la adolescencia (allá cuando tuviera 13 o 14 años) serían preciosas y fascinantes. ¡Pero resulta que nadie me dijo que la adolescencia comenzaba con 4 años y no con 13! ¡Qué engañada me tenían!

Los terribles cuatro años también existen y para quienes estáis metidos de lleno en los terribles dos me atrevería a daros un consejo: ¡disfrutad de esos “terribles” porque son una perita en dulce en comparación con lo que os espera!

El denominador común entre los terribles dos años y los terribles cuatro son las rabietas aunque existe con una sutil diferencia. La rabieta de mi niño con dos años solía pasarse con mimos, juegos o distracciones de atención. Eran relativamente fáciles de controlar. Pero con cuatro años la cosa cambia. Sus rabietas son monumentales: de las de “me enfado y no respiro”; de las de encerrarse, con portazo incluido, en su habitación o incluso de las que llevan aparejadas amenazas verbales del estilo:  “pues ahora no pienso cenar”, “pues aunque me digas que lo haga no voy a bañarme”, “pues como se lo diga al abuelo te vas a enterar” (¡esta es la que más me gusta! ;-)), “pues voy a desordenar mi habitación”Frases adolescentes en toda regla dichas en un contexto infantil. 

A mi juicio cuesta bastante más a los padres mantener la calma en estas situaciones. Crees que tu hijo ya es mayor para entender que lo que está haciendo no está bien y así tratas de explicárselo con una paciencia propia del Santo Job, pero lejos de escucharte, el peque se pone a gritar, se tapa los oídos, se cruza de brazos como signo de rechazo a tus palabras… Es decir, se vuelve tan hermético que no quiere ni pretende escucharte por mucho que le digas.

Esta rebeldía pre-adolescente la sacan para ponernos a prueba, para establecer límites, saber hasta donde pueden llegar y  marcar su autonomía. Ya son “mayores” y creen que pueden decidir muchas de las cosas que queremos decidir por ellos (y que obviamente no pueden decidir por mucho que se sientan capaces).

Lo malo de estas situaciones es -al menos desde mi experiencia- una terrible explosión de mal genio que no te esperas. El niño está fenomenal pero de pronto una contestación de ti que no se espera o un cambio en una situación que le descoloca es suficiente para hacer saltar la chispa y ponerlo todo patas arriba. Un berrinche en toda regla difícil, en ocasiones, de dominar. Lo mejor es que no ocurren con tanta frecuencia como las rabietas de los dos años.

En casa aplicamos el refuerzo positivo, es decir el premiar y alabar al peque por las cosas que hace bien. Los niños escuchan demasiados “NO” en su día a día: “no hagas esto”, “no toques esto”… Si cambiamos el mensaje hacia el positivismo y reforzamos aquellas acciones que hacen bien ignorando las negativas, conseguiremos un efecto positivo en el niño. Cuando la rabieta se ha producido a nosotros nos funciona dejarle unos minutos de desahogo en libertad, sin separarnos de su lado pero sin hablarle ni agobiarle, y cuando vemos que se ha calmado es cuando comenzamos el diálogo para saber exactamente qué le ha llevado a esa situación y cómo podemos, entre todos, salir de ella.

Lo bueno es que, cuando todo ha pasado y se siente más calmado, suele estar bastante receptivo a la hora de hablar, de escuchar y de negociar. ¿Será igual con 13 o 14 años? 😉

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2 respuestas en Los “terribles” cuatro años y la adolescencia adelantada

  1. madremaya 21/11/2013 at 11:49 #

    Leyendo tu post he recordado a SuperNanny, y creo que llegado el momento, sus consejos vienen de maravilla. La verdad que no me imagino atravesando esa etapa, porque como bien dices, cuesta bastante mantener la calma en situaciones así. Me parece muy acertada tu postura, y sobre todo, espero que tenga sus frutos y haga el día a día más llevadero. Me quedo con tus ideas y tus trucos para cuando me toque. Gracias por compartir. Beso grande!

  2. maria 21/11/2013 at 22:24 #

    uff es que cada niño es un mundo, es verdad que hay que saber escucharlos pero también ponerles los limites. Sin ellos estaríamos perdidos!! besos

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