Más de 13 razones para frenar el acoso escolar

Hace unos días terminé de ver la serie de Netflix “Por 13 razones” (13 Reasons Why), una serie controvertida que recomiendo ver a todos los padres, aunque la adolescencia de nuestros hijos nos quede todavía lejos en el tiempo (si tenéis hijos adolescentes, mi amiga Cata os cuenta los motivos por los que ella os recomienda ver esta serie)

Si no has visto aún la serie, puedes seguir leyendo mi post porque no voy a hacer ningún spoiler. Comentar, simplemente, que esta serie cuenta la historia de una estudiante adolescente que se suicida víctima del acoso escolar al que algunos compañeros la sometían. Un tema terrible, que te deja muy mal cuerpo pero que creo importante que todos afrontemos porque, por desgracia, no se trata sólo de una serie de ficción.

Cuando terminas de ver todos los capítulos y conoces los motivos que han llevado a la protagonista a quitarse la vida, algo se revuelve por dentro. Inmediatamente te trasladas a tu adolescencia y puede que incluso encuentres similitud entre ciertos momentos de la serie y situaciones personales vividas o presenciadas por tí.

El otro día, una amiga con la que estaba comentando la serie me dijo algo así como “todos hemos sido alguna vez víctimas de acoso o hemos acosado a alguien”. Y aunque creo que, efectivamente, pueden existir estos dos grandes grupos (acosadores y víctimas de acoso), no conviene olvidarse de otro tercer grupo: aquellos que presencian el acoso y se vuelven cómplices con su silencio.

¿Siempre ha habido bullying?

Hay quien sostiene que el bullying existe desde que el mundo es mundo. Y lo cierto es que (prácticamente) todos, durante nuestra infancia y adolescencia, hemos podido ser objeto de burlas en un momento dado. Llevar gafas, ser muy delgado o tener sobrepeso, sacar buenas notas, tener la cara cubierta de pecas… Cualquier atributo que te hiciera destacar con respecto a otros compañeros podía convertirte, ipso facto, en el centro de la diana.

Ante este tipo de situaciones que han existido, existen y seguirán existiendo, creo que los padres sólo podemos hacer dos cosas:

Educar en el respeto

Por un lado, debemos educar a nuestros hijos en el respeto al prójimo, haciéndoles ver que todos somos diferentes y que las peculiaridades de cada uno no deben ser, jamás, objeto de burla. Pero obviamente es difícil “educar” si no predicamos con el ejemplo y al final los niños acaban haciendo o diciendo lo que ven en casa.

De nada servirá educar a nuestros hijos en el respeto a los demás si nos escuchan criticar al vecino por su aspecto físico. Esto que digo puede sonar a perogrullo pero no es la primera vez que, por desgracia, presencio comentarios de este estilo con los peques delante.

Tampoco debemos olvidar la importancia de educar en la igualdad de género, y eso es algo que debemos comenzar a hacer desde el momento de su nacimiento (ya hablaré próximamente y con más detenimiento de este punto).

Enseñarles a valorarse y aceptarse

Pero aparte de educar en el respeto, creo que tenemos otra misión importante y es la de hacer ver a nuestros hijos que esas peculiaridades que a todos nos hacen ser diferentes, deben ser aceptadas y queridas por uno mismo como parte de nuestro ser.

Si les ayudamos a construir una personalidad fuerte y que se sientan orgullosos de ser como son, nada ni nadie logrará derrumbarles con sus comentarios. Escrito así puede sonar muy bucólico e ideal y no debemos olvidarnos de que la adolescencia es una etapa complicada en la que hasta la persona más segura del mundo puede tambalearse en un momento dado. Pero considero que es fundamental que ya desde niños les enseñemos a quererse, a aceptarse, a respetarse y a querer y aceptar a los demás por como son. Porque todos, absolutamente todos, somos diferentes, especiales y maravillosos.

Callar te hace cómplice

¿Cuántas veces habremos escuchado aquello de “¡tú cállate, que este tema no va contigo!”?.

El otro día, sin ir más lejos, escuché cómo un padre recriminaba a su hijo que se hubiera chivado a la profesora por ciertas cosas que había visto hacer a un compañero de clase: “Si el asunto no va contigo, date la vuelta y calla. No hagas de abogado defensor de nadie que al final te buscarás problemas” – le advertía.

Y confieso que a mí se me encogió el corazón ante lo que estaba escuchando.

Si decimos a nuestros hijos que hagan la vista gorda cuando presencien zancadillas, collejas o insultos hacia un compañero de clase, estaremos alimentando el bullyng y haciendo fuertes a los agresores.

Yo al menos es algo que tengo muy claro y siempre que surge la ocasión le recuerdo a mi hijo la importancia de cuidarnos entre todos, de estar pendientes unos de otros y de denunciar cualquier situación que afecte negativamente a alguien.

Alimentar la confianza

Cada vez que leo alguna historia real acerca del acoso escolar, la familia o/y entorno más cercano a la víctima suelen comentar que desconocían completamente la situación que vivía el acosado o acosada. Incluso en la propia serie se ve claramente reflejado este punto.

Desconfianza, vergüenza, miedo, sensación de no ser escuchado o tenido en cuenta… Pueden ser muchas las razones por las cuales una víctima de acoso escolar no cuenta a su entorno más cercano lo que ocurre. Y este es el aspecto que, como madre, más pavor me da.

Porque puede que todo lo demás falle: que la confianza y seguridad en sí mismos se tambalee en un momento dado, y que todos alrededor sean cómplices silenciosos de lo que ocurre. Pero si esto pasa, un padre debería poder estar siempre detrás.

Es por ello que una de los aspectos que más me esfuerzo en potenciar con mis hijos es la confianza y naturalidad para hablar de cualquier tema. A día de hoy, en casa no hay tabúes y tratamos cualquier curiosidad que manifiesta mi Mayor, con toda la naturalidad del mundo. Queremos que confíe en nosotros para preguntarnos dudas o para contarnos cualquier cosa que haya visto/oído y que le haya llamado la atención.

Además, fomentamos el diálogo, los detalles en la conversación y le hacemos ver que todo lo que nos cuenta es importante para nosotros: desde el enfado que ha tenido con su mejor amigo por culpa de unas cartas, hasta el gol en propia puerta que ha marcado en un partido. Todo lo que a él le preocupa, nos preocupa también a su padre y a mí y no queremos que jamás pueda quedarse con la angustia de estar triste por algo que a los adultos parece no afectarnos lo más mínimo.

 

No sé si lo estaremos haciendo bien o mal. Sólo sé que actúo por instinto, aprendiendo de mis experiencias y errores vividos en mi adolescencia.

Tengo claro que no podré proteger a mis hijos de todo, pero al menos quiero que crezcan con dos ideas fundamentales:

  • Por un lado, el tratar a los demás como quisieran que les trataran ellos. Esto lleva implícito el preocuparse por el prójimo, entenderle y respetarle
  • Y por otro lado, el saber que pase lo que pase podrán acudir siempre a nosotros

 

 

 

Fotografías obtenidas de la web de descargas gratuitas: Pixabay

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